El guitarrista dio una clase de rock, en un show que terminó con tres ex Guns N’ Roses en escena.

slash

A esta altura, uno se podría imaginar que antes de salir a escena, Slash, Myles Kennedy y sus conspiradores calientan motores en camarines cantando “y ya lo ve, somos locales otra vez”.

Y lo bien que harían si así fuera, porque los 12 mil que el sábado llenaron el predio del Mandarine Park para asistir a su demostración de rock en el estado más puro hace rato que así los tratan.

Lo bueno, en este caso, es que lejos de sentir el aliento como una presión, el equipo que lidera el ex Guns N’ Roses -y la mención es explícitamente intencionada- lo transformó en parte de un diálogo en el que la respuesta que bajó desde el escenario fue una poderosa secuencia de temas en la que la pasado y presente fueron honrados por igual.

Desde el comienzo, con You’re a Lie, inmediatamente Nightrain(Guns circa 1987) y enseguida Halo y Ghost, de la vieja cosecha solista del guitarrista, justo antes de Wicked Stone, un exponente de la más reciente, quedó en claro que la propuesta siempre es la misma: una resistente base construida por Todd Kems al bajo, Bent Fritz en la batería y Frank Sidoris en la segunda guitarra, sobre la que Slash despliega todo lo que sabe hacer al mando de su instrumento -y eso es mucho-, y sobre la que Myles Kennedy hace lo propio. Que también es un montón. Pero en ninguno de los casos demasiado.

Ni siquiera cuando un solo se extienda por vaya a saber uno cuántos minutos, como el del guitarrista en Rocket Queen. Nuestro Luis Salinas suele hablar de la necesidad de tener algo para decir, a la hora de solear. Y a Slash le sobran. Así sea en el caos de World on Fire, en la calma de la bella Starlight o en el clima por momentos casi hispano de Anastasia.

Quizás tenga que ver en eso el respaldo que significa una banda tan ajustada como fresca en su sonido, en la que cada uno cumple su función a la perfección y, por lo visto a gusto y placer, y un cantante que desborda recursos vocales y presencia.

A todo eso, se sumó el sábado el aporte de Duff McKagan, para una casi punk It’s So Easy, y para una antológica versión de Paradise City, con Gilby Clarke como aliado (ambos tocaron antes con sus bandas), dándole un marco histórico al cierre de dos horas y un poquito más de rock del mejor.