En su tercer disco, el MC de Seattle se pone introspectivo y asume la responsabilidad del privilegio blanco.

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The Heist, el disco revelación de Macklemore and Ryan Lewis de 2012, era la reconfortante historia de un perdedor con final feliz. Macklemore, un verdadero hijo de Seattle, expresa mucho nerviosismo por su fama en su esperado sucesor: el disco se abre con «Light Tunnels», que hace que ganar en los Grammys parezca como tener que palear nieve en un invierno en un gulag soviético, y canciones como «Brad Pitt’s Cousin» y «The Train» funcionan con la misma idea de autocompasión. «Hacé mejor música», se propone en «Bolo Tie». Y a veces la hace, especialmente cuando los beats son más alegres y artistas como Leon Bridges y Chance the Rapper aparecen para ayudarlo.

Con la excepción de la exuberante «Downtown», la idea aquí rara vez es buscar la onda pegajosa de «Thrift Shop». Macklemore prefiere verse en la tradición de entretenedores educativos como KRS-One (quien aparece en «Buckshot»). Logra su mejor versión cuando equilibra introspección y realismo pedagógico, como en «Growing Up (Sloane’s Song)», una carta conmovedora a su hija que le advierte, de manera adorable, que «estudie a David Bowie, James Baldwin y Tupac». Y «White Privilege II», de casi nueve minutos, vale más que su peso en artículos de opinión. «Mi éxito es producto del mismo sistema que liberó a Darren Wilson», rapea en uno de los muchos descubrimientos onda «oh, mierda». Haciendo todo lo que puede por excavar todos los robos y la violencia sobre los que se construyó el sueño americano, Macklemore consigue redimir todas las otras indulgencias del disco.

Fuente: Rolling Stone