Igual, gracias, porque todavía queda la ilusión de que el rock puede descomprimir la monotonía burocrática y sin progresión de un ritmo llamado reguetón. Estamos acá por eso y porque pensamos que si el rock y el pop son la resistencia, Liam Gallagher -además de ser la leyenda que es se transformará en la esperanza de un sonido que desapareció de las radios y fue muy mal tratado por los millennials (o como se escriba). Pero todo esto va en nombre del aguante que la gente le hizo al menor de los Gallagher en una noche para el olvido, donde cantó peor que el de Kapanga y arruinó todo lo que se le puso frente al micrófono, empezando por su magnífico álbum solista.

“Lo siento, estoy mal de la garganta”. Dijo algo así y agradeció más que el agradecido de Bono, de U2. Miles de gracias y disculpas. Nunca antes se lo vio tan jodidamente británico. Había mucha gente, se ve, necesitando estar en un recital de Liam, quizás para escapar del propio idioma cantado como nunca antes (y como si fuera un largo chisme de identificación cero). Lleno de cuarentones y treintañeros, lleno de remeras de Oasis como diciendo: “A Liam yo lo sigo desde Cemento”.

Este Gallagher vino a la Argentina a caballo (alado) de su debut solista As You Were, uno de los mejores discos del año pasado, incluso superior a los dos últimos de Oasis. Sin embargo, un álbum más celebrado por la crítica que por la runfla premiadora que acosa al rock haciéndolo sentir más viejo que nunca.

Será una hora y monedas de meterle toda la onda cantando en un inglés de mierda a lo Roberto Quenedi. Una hora haciendo el esfuerzo de dejarse llevar por canciones amadas que salen de una garganta profunda, pero no tanto. Lo del miércoles por la noche, parafraseando a Cacho Castaña, fue “arena con garganta”. Además, el sonido parecía grabado en un solo canal. Todo feo, opaco, muy lejos de la estridencia cegadora de Oasis en el Luna Park hace exactos 20 años.

Rock`n`Roll Star y (What’s the Story) Morning Glory? marcan el comienzo vacilante del show. No faltan ni dos temas para que Liam se empiece a fastidiar y tire la pandereta al piso o pida agua como un boxeador en el rincón. Enseguida destrozará Wall of Glass, primer corte del disco solista, y logrará lo imposible: planchar por completo al público con el hitazo For What It’s Worth, que arranca alegando: “En mi defensa, todas mis intenciones fueron buenas”. Por supuesto que debe estar dedicado a su hermano Noel, pero aquí, en el DirectTV Arena de Tortuguitas, la frase funciona como una epifanía y cuando Liam está por abandonar la pelea, justo ahí, los bilingües lo levantan en andas. Esto es una metáfora. Quiere decir que la gente sale a socorrerlo y le mete una garra a los estribillos que hasta el ortiva de Liam termina aplaudiendo al público, al mismo público que 20 años atrás ridiculizaba por su simiesco «oh oh oh oh oohhh».

En Wonderwall los del sector Campo estuvieron bastante afinados, mientras los de la platea agitaban sus alhajas; en Some Might Say, lo mismo. La versión de Bold -mejor tema del álbum- se recordará menos que un solo de batería. El público está viendo a Liam como a un general que sólo perdió una batalla. Nada imperdonable, campeón. A la luz (mortecina) de los acontecimientos, seguís siendo una flor de voz punk al servicio del mejor pop del mundo.

Ahora que el rock se comporta como una M.I.L.F. y está preparado para más muertes naturales que “clubs de los 27”, ni Liam Gallagher se parece al cabeza de termo pedante y lleno de guita que tanto queremos. Es más, hay peligro de crooner. En un momento determinado ocurre un hecho «inédito»: Liam cantará agarrando el micrófono con una mano. ¿Será la primera vez? En cualquier caso, le queda mal. Sólo por eso quizás todos recordemos este sideshow del Lollapalooza.

Más allá de sus desagradables agradecimientos, al Liam de anoche lo acompañó una banda discreta y casi administrativa. Respecto de la lista de temas, su maravillosa confección fue equivalente a chocar un tren bala. Hora y cuarto de recital. Hasta se hizo largo. Era eso o que el público, cansado de bancar, tirara la toalla. (Clarín)