En la crónica musical se suele hablar de “discos bisagra” para caracterizar a esas obras que rompen la inercia de una banda y cambian su rumbo. Cerca de cumplir sesenta años de carrera, los Rolling Stones tuvieron varios de esos quiebres, vinculados con alejamientos de integrantes, diferencias creativas, movimientos industriales, relaciones personales y otros factores; uno de los primeros y más importantes fue el que representó Sticky Fingers, el noveno álbum del grupo en Gran Bretaña y decimoprimero en Estados Unidos, que hoy está celebrando su 50° aniversario.

Para empezar, Sticky Fingers fue una bisagra temporal, la puerta de entrada a una nueva década para los Stones. Su último material de estudio había sido Let It Bleed (1969) y en el medio habían lanzado el gran disco en vivo Get Yer Ya-Ya’s Out! The Rolling Stones in Concert (1970). Con eso la banda creyó haber concluido su contrato con la compañía Decca y se puso en marcha para lanzar su sello propio, pero la discográfica tenía otros planes: todavía reclamaba un single más para liberarlos. La reacción del grupo fue entregar un tema llamado “Schoolboy Blues”, más conocido como “Cocksucker Blues”, con la idea de que fuera imposible de publicar: la letra tenía referencias explícitas al sexo oral y anal, todo muy por arriba de lo que la moral de la época permitía. Tampoco era ninguna maravilla en lo musical: lo único que se escuchaba era a Mick Jagger tocando la guitarra y cantando guarradas, mientras casi con seguridad el resto de la banda aguantaba la risa. Decca acusó recibo y archivó el single, pero contraatacó con un compilado llamado Stone Age (1971) que -aunque el grupo boicoteó por creer que conspiraría contra las ventas de su siguiente elepé- terminó llegando al puesto número 4 en el chart de álbumes en Inglaterra. “Cocksucker Blues” nunca se lanzó oficialmente, aunque circula como pirata por la web.

Así las cosas, Sticky Fingers también fue una bisagra en lo empresarial para los Rolling Stones: a partir de ese momento se editarían a sí mismos (al menos por un tiempo) y tomarían todas las decisiones. Sus caprichos serían ley tanto en lo musical como en lo ejecutivo: así es como -por ejemplo- encargaron su arte de tapa más ambicioso a Andy Warhol. Lo que el artista pop estadounidense craneó (y el diseñador Craig Braun hizo realidad) terminó siendo un ícono del siglo XX: la foto de la entrepierna de un modelo masculino con jeans ajustados que dejaban entrever el contorno de su órgano sexual, todo esto coronado con un cierre relámpago que se abría y mostraba una segunda portada del mismo u otro modelo en slip de algodón blanco. Se creía que el de la foto era Mick Jagger, pero en realidad Warhol nunca reveló la identidad de su “musa”: se habló de Jay Johnson (hermano gemelo de su amante), el artista Corey Tippin y el actor y modelo Joe Dallessandro. “Eran los chicos malos del rock n’ roll expresando rabia, lujuria y sexo”, dijo muchos años después Braun sobre aquel arte de tapa que buscaba empatar la provocación de las canciones.

También en el aspecto visual, el disco marcó el debut del logo de los labios y la lengua que se convirtió en sinónimo de los Stones en todo el mundo. John Pasche, por entonces estudiante de la Colegio Real de Arte de Londres, lo diseñó con la lengua de la diosa hindú Kali como inspiración, aunque en un principio no estaba muy de acuerdo: “No quería hacer nada hindú porque pensaba que pasaría de moda rápido, dado que todos estaban en esa fase en ese momento”, declaró. Con todo, siguió adelante: el hecho de que el frontman de la banda tuviera una boca prominente le pareció motivo suficiente para seguir con la idea. El tiempo le dio la razón: hoy su creación le da vida a miles y miles de remeras, tatuajes y reproducciones en todo el mundo.

Otro motivo de Sticky Fingers para representar una bisagra en la historia de los Rolling Stones: es el primer disco en el que no toca Brian Jones. El guitarrista y fundador había participado de sólo dos canciones en Let It Bleed (1969), en un rol secundario. Intratable e incapacitado para hacer música por su adicción a las drogas y sus múltiples demonios, Jones había sido despedido del grupo en medio de aquellas sesiones y murió un mes después de eso. Su reemplazante fue Mick Taylor, que venía de los Bluesbreakers de John Mayall (una banda por la que también pasaron nada menos que Eric Clapton, Jack Bruce, Peter Green y Mick Fleetwood, entre otros). En el disco anterior apenas había mostrado su talento en un par de temas, pero en Sticky Fingers dice presente en todas las canciones y aporta mayor versatilidad en estilos de raigambre norteamericana como el blues, el jazz y el country.

La llegada de Taylor también significó una nueva etapa de estabilidad que los afianzó en lo creativo. En su autobiografía Life, Keith Richards cuenta: “La música cambió casi inconscientemente. Componés con Mick Taylor en mente, tal vez sin darte cuenta, sabiendo que puede salir con algo distinto. Tenés que darle algo que disfrute. Algunas de las composiciones de Sticky Fingers estaban basadas en el hecho de que yo sabía que Taylor iba a hacer algo genial”.

Así surgieron canciones como “Brown Sugar”, que ya habían estrenado en el fatídico concierto de Altamont en diciembre del 69 y que una vez más los envolvió en la polémica con su “combinación dual de drogas y chicas” (Jagger dixit). Los riffs filosos de “Can’t You Hear Me Knocking” y “Bitch” conviven con la dulzura acústica y melancólica de “Wild Horses” (uno de los dos tracks influenciados por la amistad de Keith con Gram Parsons. El otro es “Dead Flowers”). La atmósfera somnolienta de “Moonlight Mile” (canción en la que no toca Richards y a la vez marca el primer crédito de Jagger como guitarrista en la historia de los Stones), el slow-soul de trasnoche de “I Got the Blues”, la experiencia extracorpórea de “Sister Morphine”… Los Stones encaraban otra de esas instancias en las que sabían que no podían fallar ni aunque lo intentaran.

El público acompañó: Sticky Fingers fue número uno en ambos márgenes del Atlántico, Platino en Reino Unido, tres millones de copias vendidas en Estados Unidos. Aquello fue, decíamos, una bisagra: las estrellas de los 60 pisaban la siguiente década con libertad, excesos, control creativo e industrial y nuevas inspiraciones. Nada podía salir mal. (La Nación)