El músico celebra los 30 años de su disco “Giros” en Buenos Aires. Y realiza un destacado repaso de su carrera.

fito

La pregunta es fácil: ¿Cuánta vigencia nos queda? No hablamos de próceres ni de leyendas. Hablamos de presencias. Si se los contara con los dedos de una mano, Fito Páez sería el pulgar en alto. Si ustedes no estuvieron ahí, en el primero de los shows que está dando en el Rex, se supone que todavía tienen chances. Y si no, a joderse, che, porque Fito cantó como nunca y se despachó con un montón de canciones luminosas de esas que él solo sabe hacer, canciones con esa facilidad para el estribillo que lo meten en el lugar de no poder creer que él mismo haya sido el autor de todo eso. En un momento del show parece estar pensando exactamente lo mismo que escribe este cronista, y entonces se establece una conexión cósmica: Fito hace una pausa y sintetiza el esplendor agradeciéndonos por haberle permitido vivir tanto tiempo en el corazón de todos nosotros.

La excusa -porque todo es una excusa para decir acá estoy- fueron los 30 años de Giros, disco que Fito cantó de pé a pá en poco más de 30 minutos, entrando a escena como un colado que de golpe agarra el micrófono y con la verba alegrada y el vestuario de Tim Burton, sale y te cuenta de qué va la cosa.

El del comienzo es el Fito que celebra sus años de educación sentimental jugando al pelilargo enclenque que se topaba con la ciudad de Buenos Aires, caminaba Corrientes y recreaba lo de la ñata contra el vidrio en el café La Paz. Desde allí vería los dos pibes de 11 y 6 que eran más fuertes que el Olimpo. El mismo guacho inspirado y curtido, el rosarino de la banda de Baglietto que te venía a ofrecer su corazón como si alguien le pidiera tanto. ¿La clase de jactancia del que sabe que va a llevarse el mundo por delante? Tal vez.

Un disco entero y redescubierto nada más que como el eslabón de una cadena de oro. Giros fue un LP de instalación absoluta que tiene tres o cuatro temas infaltables en la memoria colectiva emocional. Pero al cabo del tiempo -y ese es el chiste- lo sabremos: Giros fue nada más que un eslabón. Fito, hoy, se tiene merecida buena parte de la gloria de los 80 y los 90. Después puede que lo hayamos perdido un poco de vista, como se perdió de vista a la industria y a la curiosidad en general. Pero ese es otro tema.

Lo cierto es que la escena arrancó con invitados de la época de Giros, músicos que te suenan como el expansivo Paul Dourge o Fabián Gallardo (el del pelo sedoso) que, según el propio Páez, se lo tuvieron que fumar cuando el rosarino tenía más aires que ventiladores. La mano hacía prever una noche de invitados y (auto)homenajes. Pero no. La única invitada estelar terminó siendo Fabiana Cantilo, cisne de los lagos corales y presencia cómplice de vaya uno a saber cuántas de esas canciones. Fito presentó a Fabi como sólo puede presentarla un hombre que se enamoró como todos, pero que supo separarse como ninguno.

Y lo ves lindo al flaco con sus movimientos pseudo espásticos. Lindo y joven y espléndido, ahora por fuera de Giros que, chau, gracias por todo, pasó a un segundo plano sin protocolo para que enseguida andemos cantando temas históricamente vecinales, temas de La La Lá y del primer disco hasta que, vuelta de página, suena Lejos de Berlín y hay bisagra.

Después llegan Dame un talismán, Polaroid de locura ordinariay hacés cálculos mentales para saber cuándo serán los 30 años de Ey! (otro eslabón de la cadena antioxidante a la que todavía le estaría faltando El amor después del amor).

Fito canta y toca como si estuviera de vacaciones en Acapulco. La belleza de sus canciones, aun las que cariñosamente nos cansaron como nos cansó Yesteday, tienen la dignísima revancha del vivo y el directo. Así es como redescubrís Mariposa Technicolor y como te parás sobre la butaca con lo de dale alegría a mi corazón. Al rato pasaron casi dos horas y con sobriedad de grand finale, sir Fito Páez se despedirá a la manera de un Barenboim en celo: feliz con sus obras sin edad. Y consciente de que nunca estará quemando todos los cartuchos.

Fuente: Clarín Música